La verdad es que no recuerdo ni cómo ni por qué empezamos a hablar, sólo sé que a primera vista no me pareció un baboso de esos que cunden tanto últimamente. Pasaba el tiempo y yo cada vez me sentía más a gusto, cada vez estaba más clara la atracción existente. Y me besó. Los dos perdimos a nuestros amigos y con la tontería se nos hicieron las 7 de la mañana dentro del mismo bar en el que nos habíamos conocido, ahora ya casi vacío.Me acompañó a casa, juró que me llamaría, que le gustaría volver a verme, que yo no era como las demás, blablabla...
El caso es que me sorprendió gratamente que cumpliera su promesa y me llamara el otro día para ver si me apetecía que nos vieramos, que iba a venir a Zaragoza a pasar las Navidades (estudia en Madrid). Así que, por lo pronto, me atrevo a adivinar que repetiremos. Pero eso sí, tengo clarísimo que no pienso salir con un hombre que no me haga temblar.
Cierto es que si no me hubiera llamado ni mucho menos me iba a enfadar. Es más, hasta lo prefiero. Me comprometo a entregarme una noche y a sentirme libre el día siguiente. He aprendido a no hacerme ilusiones y a no dar falsas esperanzas. Sé que un lío de una noche no va a ninguna parte por mucha química que haya. Pero también me gusta fantasear con la idea de que el destino es caprichoso, nunca sabes lo que tiene preparado para ti.
